No tenemos que ser Marcel Proust (leerlo es una tarea obligada, eso sí) para saber que la comida nos retrotrae hacia nuestro pasado, al mismo tiempo que nos permite recuperar en nuestra memoria el universo sensorial que nos ha formado como personas en la sociedad. Con este post queremos rendir un primer y modesto homenaje a aquellos sabores, aromas y bocados que transformaron nuestra manera de entender la cocina, que en buena cuenta nos han hecho lo que somos...

Las aguas termales de San Pellegrino nos regalan los sorbos más sublimes del líquido elemento.

El verde de su botella, así como el campo célico de su etiqueta, se ha quedado grabado en nuestra memoria.

Apreciar el sabor del agua es uno de los goces más sublimes que se nos pueda obsequiar, sobre todo

con el intenso calor del estío.

Una mañana no empieza sin una taza de espresso. Y un espresso no es lo mismo

sin la cubista simplicidad de las cafeteras Bialetti. Estas maravillas italianas han

colmado mis mañanas de intenso aroma y de maravillos recuerdos. Un clásico, sin duda.

El desayuno americano (pan tostado con manteca y mermelada de fresa, huevo pasado, jugo de naranja y café... es mejor un espresso que el "americano") es un manjar que me acompañó en mi infancia.

Tuve la suerte de acompañar a mi padre en numerosos viajes de negocios y, así, pude

desayunar esta combinación en muchos hoteles. Siempre recordaré las delicadas maniobras

necesarias para cascar el huevo sin derramar el oro líquido de su yema.


El pan con palta es un clásico de los lonches limeños. Mi familia Macchiavello me inició en esta prácitca ancestral que hoy espero transmitir a mis hijos. Mi esposa es otra fanática de la combinación.


A mi padre le encantaba ir a las trattorie tradicionales. Ambientes sencillos, meseros experimentados,

pasta fresca y, sobre todo, vino de la casa. Cuando veo una botella de vino toscano o siciliano  en presentación de 2 o más litros, siento que regreso a esos maravillosos momentos con mi padre, en los que él me guiaba y pagaba la cuenta...


No puedo concluir este post sin mencionar a la galleta Oreo remojada con leche. Cuando me siento cansado o un poco alterado repito este ritual por las noches antes de dormir. Es como estar al lado de tu madre en una tarde gris, viendo una película...