No toda la comida chatarra o junk food tiene que ser desagradable para los sentidos. Una simple hamburguesa puede convertirse en un verdadero manjar (sin necesidad de añadirle langostas, foie gras o trufas blancas...) si es que tan solo procuramos buenos ingredientes.


Es cierto que pocas personas, cuando arrecia el hambre, pueden resistirse a una hamburguesa o a una variante clásica como la cheeseburger... Pero los gourmands más ortodoxos (que por cierto se pierden de muchas cosas) siempre se negarán a la vulgar sencillez y a la innoble procedencia de la carne vacuna (en el mejor de los casos) del platillo en cuestión.

Sin embargo, podemos hacer de la hamburguesa una experiencia más sutil. En lugar de su acostumbrada dimensión descomunal, podremos probar un tamaño petit. La carne podrá ser de lomo o de un corte sabroso que nos guste (pescuezo, por ejemplo, o rabo para los más audaces) complementado con trozos de hongos negros o unas cebollas blancas caramelizadas. El queso podrá ser igualmente audaz: o una versión vintage del clásico cheddar o un queso romano pecorino. Las papas o patatas podremos freírlas o bien en aceite de oliva o bien en grasa de pato. Este es un bocadillo ideal para acompañar con una buena cerveza Ale o una Lager, pero los amantes del vino podrán disfrutar del maridaje con un pinot noir.

Impongamos nuestro estilo en todo. Inclusive lo junk puede ser chic.