Para muchos Elia (una típica trattoria italiana, situada en el tradicional barrio de Magdalena del Mar) ha sido y es un referente de la cocina italiana clásica. Sus pastas, su panadería y sus salsas siguen siendo referentes de buena cocina, pero ya solo de manera simbólica y entre un público cada vez más adulto, infrecuente y de gusto estropeado.
El local tiene dos espacios bien diferenciados: el de la misma trattoria (que no se decide entre el refinamiento y la informalidad propia de las trattorie) y el de una suerte de bar italiano que en hispanoamérica sería algo así como una fonda o un café sin terraza. El de la trattoria pretende ser distinguido, pero su decoración desfasada y sus muebles gastados señalan el inclemente paso del tiempo. Nos sorprende, por otra parte, la brusca y vulgar familiaridad con la que los jóvenes e inexpertos meseros nos reciben: nada atentos a nuestras inquietudes y expectativas, prefieren bromear con chanzas simples entre ellos antes que estar pendientes de nuestra orden. Su parquedad no es signo de discreción, sino de estulticia culinaria incapaz de referir detalles de los platillos. Nada, pues, en la decoración o en el personal invita a pasar un buen momento.
Otro desencuentro fue el de la carta o menú. Repleta de numerosos platillos, lejos de asombrar al comensal contribuye con la desazón. Cabe resaltar que no hay pan de cortesía mientras uno la ojea (señal de apremios económicos): tuvimos que ordenar unas bruschette que llegaron frías e impregnadas de aceite. Las pastas son una buena opción, pues las hay en múltiples variedades. Lamentablemente casi todas ellas llevan crema de leche: líquido que aparece siempre en las cocinas mediocres que lo usan como componente alquímico que, a la larga, homogeniza torpemente los sabores.
Los panzotti rellenos de ricotta y salami eran correctos aunque la pasta estaba ligeramente pasada de cocción y el salami del relleno no era de la mejor calidad. La salsa de hongos (champignones de París), por el contrario, era sosa y los hongos estaban pasados: su sabor se había enrarecido por sobreexposición dentro de la refrigeradora. Probamos también unos gnocchi con trozos de pechuga de pollo salteados en aceite y bañados de con una salsa de ají. Esta la pedimos sin crema, pero fue en vano. Este componente está por todas partes. Su sabor era torpe: el ají estaba diluido por la crema y perdió su fuerza natural. Los gnocchi eran buenos, pero estaban empapados en manteca.
Ni los vinos ni las bebidas en general merecen opinión alguna.
Los postres, rancios, son aburridos. No hemos probado el tiramisù, pero cómo culparnos por esa omisión después de padecer todo el servicio previo.
Es una pena escribir reseñas como estas, pero por otra parte es un compromiso con nuestros lectores. En alguna ocasión se le concedieron tres tenedores a este restaurante. Sospechamos del jurado, pero puede ser también que con el tiempo hayan desmejorado las políticas y la administración (o que la separación del negocio familiar haya afectado su administración). Falta una mano fuerte que dirija a los meseros, tanto como le falta vida a la carta que no ofrece nada propio de la estación. Es una cocina de inspiración italiana que se ha perdido en un momento de la historia en el que no había tanta exigencia por parte de los comensales. No nos sorprende que pocos se animen a visitar el local. Sus altos precios (del todo injustificados para lo que ofrecen) tampoco animarían a jóvenes curiosos por conocer la verdadera cocina italiana. Es mejor quedarse en casa y pedir una buena pizza acompañada de un buen vino de mesa de Valpolicella...


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