Para los católicos y gran parte de cristianos, el 25 de diciembre es una fecha singular porque se celebra la Natividad de Jesús. Recientemente, oí a un niño en la calle que hablaba del cumpleaños de Jesús, con la misma naturalidad con la que preguntaba a su madre si, en efecto, comerían para la cena navideña el tan deseado pavo horneado. Gastrosofía no es un espacio autorizado para reseñar la extensa y polémica historia de la Navidad, pero sí podemos alcanzar algunos datos relevantes sobre el trasfondo histórico de dicho banquete para que podamos comprender mejor nuetras costumbres y las tradiciones que nos han sido transmitidas por nuestros mayores.
El 25 de diciembre, día que marca el inicio del solsticio de invierno en el hemisferio norte, es también la fecha con la que se designó el nacimiento de uno de los dioses más antiguos, Mithra. Ese día fue llamado posteriormente natalis invictis por los romanos quienes adoptaron su culto en época imperial. Si, como sostienen algunos estudiosos, el culto mitríaco fue posteriormente utilizado por los primeros cristianos para establecer una fecha simbólica de Cristo-Rey (sobre todo si se tiene en cuenta la popularidad que alcanzó con los siglos el dios solar Mithra), no debería sorprendernos que el banquete sagrado (que se daba entre Mithra y Helios) haya influido a su vez en la cena de Nochebuena con la que se conmemora desde hace cientos de años la alianza entre Cristo y la humanidad. Desde entonces, los días finales del mes de diciembre han estado marcados por el peso simbólico de dichas fiestas, solo que en nuestros días el olvido ha borrado de nuestra memoria todo el conglomerado de historias alrededor de la cena.
El dios Mithras en su faceta de Mithras tauróktonos, es decir, asesino del toro.
Junto con el influjo de los rituales mitríacos, diversos elementos "paganos" fueron haciéndose un lugar dentro de los hogares cristianos. El árbol de navidad, que representa al árbol de la vida, llegó de las tribus germánicas del norte de Europa, así como el cuadro del nacimiento surgió de una serie de sincretismos orientales. La cena de Nochebuena no fue la excepción. En esta, celebrada por millones de familias la noche del 24 de diciembre, impera la abundancia. Todos los platillos, de una u otra manera, conllevan ingredientes que simbolizan la fertilidad de todos los reinos de la naturaleza: agua, tierra y cielo. Sin embargo, en la actualidad el simbolismo de los platillos ha degenerado en una serie de mezclas vulgares que no cesan de atiborrar al paladar con sabores desordenados. Verán, por ejemplo, en los supermercados infinidad de ensaladillas frías atiborradas de frutas enlatadas con mayonesas diluidas o arroces embutidos de tocinos baratos y frutos secos. Las carnes del pavo y el cerdo serán el acompañamiento dominante. Nuestra inicial referencia al trasfondo mitríaco dela Navidad, por cierto, es una dramática llamada de atención sobre lo poco que sabemos de la Historia de nuestras costumbres (bastaría con preguntar por el significado del árbol lleno de afeites que decora nuestras salas de estar ¿no es cierto?). Menos aún le damos importancia al hecho de la cena en sí: ni recordamos con sinceridad el hecho conmemorativo ni atendemos el simbolismo de los platillos que degustamos. Se ha convertido en un pretexto para comer carnes con carbohidratos revueltos con mayonesa, chocolate caliente (¿?) y panetón...
Todas estas versiones deturpadas de la cocina navideña son el resultado de la industrialización de lo que hasta hace unos años implicaba el convivio familiar, en el que todos los miembros del clan se reunían desde temprano para aportar en una o varias etapas de la preparación del banquete. No obstante nuestro parecer conservador, debemos reconocer que el ritmo actual del trabajo hace casi imposible que las familias, embutidas como puerco en chorizos en pequeños departamentos, monten todo un operativo culinario para la cena de Nochebuena. Concedemos en la ruindad de la posmodernidad. Pero el llevar una vida trajinada no justifica, inclusive, comprar productos hechos (cenas preparadas, por ejemplo) con un mínimo de criterio que nos permita aunque sea pensar un poco en lo que comemos. Por eso, en Gastrosofía queremos ofrecerles algunos consejos para que sus cenas de Nochebuena sean sabrosas y originales, sin dejar de lado el contenido simbólico de la historia que nos toca revivir en nuestras mesas. En la semana publicaremos una entrega con variados consejos para la cena, así como sugerencias de menús para la cena. Esperamos que sean de su agrado.


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