Groseros y opulentos, los banquetes suelen ser una convención eufemística en la que los seres humanos tratan de aderezar la gula más impía y grotesca. Quienes hemos leído el episodio de la Cœna Trimalchionis del Satyricon de Petronio podemos jactarnos de comprender lo dicho (más aún si hemos visto la feliz y no menos impúdica adaptación que hiciera Federico Fellini).
Ciertamente, hoy poco se usa en el mundo hispánico el vocablo “banquete”, derivado del italiano banchetto, es decir, “banquillo” o “banquito”. Para designar esas “comidas espléndidas” que refiere la Real Academia de la Lengua Española hoy se prefiere un galicismo que concentra su atención en otro de los muebles del buen comer: la mesa. La palabra buffet (en español “bufete” o “bufé”) ha pasado ha significar aquella ocasión en la que los comensales acuden a una reunión en la que deben desfilar por una mesa (que es lo que los galos o merovingios, da lo mismo, llamaron buffet en el siglo XII) repleta de fuentes y platos con caldos, cremas, sopas, viandas, fiambres, guisos, dulces y demás bendiciones del horno y el fogón.
En Lima, cuando uno va a un bufé acude en realidad a un rito de inciación en las más complejas artes de la glotonería. Los hay de todas las tradiciones y envergaduras, de acuerdo con las posibilidades de los bolsillos, pero sobre todo de los estómagos. Los más desmesurados son los orientales que a su canon de variedad han tenido que sumar el propiamente peruano de la abundancia. Méritos destacados le corresponden a quienes puedan jactarse de haber probado, de un solo sentón, TODOS los platillos que un chifa ofrece.
No obstante las encarnaciones del mito del País de Jauja, hay bufés que en realidad ofrecen, si bien una variada carta, más calidad que cantidad. Un caso notable es el que actualmente dirige el prestigioso cocinero Félix Picasso, jefe de cocina del restaurante La vista del JW Marriot Hotel Lima. Por S/.65 nuevos soles (cerca de US$20) una persona podrá satisfacer sus impulsos más burgueses. La ventaja de este bufé es que ofrece distintas cocinas a lo largo de la semana: los lunes y viernes son para la criolla (peruana), los martes para la oriental (china y japonesa), y los miércoles y sábados para la italiana. La cocina japonesa corre por cuenta de la experiencia del cocinero Daniel Nomura quien ofrece una serie de platillos que aprovechan el frescor de los frutos del mar peruano: suhi, sashimi, makis y hosomakis en bandeja.
Ciertamente, uno de los fuertes del bufé es la comida italiana: con pericia atávica F. Picasso ha convocado lo mejor de las varias regiones de la bota itálica. Hay una variada mesa de entremeses que regala tomates secos con queso mozzarella y aceite de oliva, calamarcitos a la parrilla, quesos y embutidos varios. Especialmente recomiendo las alcachofas rellenas de paté de salmón condecoradas con caviar.
Saltando una modesta pero recomfortante crema de espárragos, podemos probar una serie de guisos y estofados espectaculares. Por ejemplo, el estupendo estofado de ossobuco queda más que bien si lo acompañamos con un poco de arroz blanco graneado. El lomo de cerdo a la chiantiggiana los podrá dejar sin aliento. Por su parte, la trucha gratinada en salsa de azafrán es un pecado delicioso. Asimismo, se ofrece un lomo de res en salsa de hongos varios realmente sorprendente. Igualmente, se ha acondicionado una pequeña estación en la que se prepara diversas pastas y rissoti al gusto del cliente. Hay hongos, jamones, quesos, legumbres, verduras, mariscos ternísimos y salsas varias (incluídos el pesto verde de aliento genovés y el rojo, menos usual, pero alucinante...). Las combinaciones son todas llaves universales al paraíso del goce.
Los postres realmente pueden enloquecer a cualquiera. En una mesita redonda de dos pisos están las delicias más conmovedoras que he podido probar de un tiempo lejano a esta parte: la cassata siciliana es un viaje al pasado, pero mejorado, cuando todavía podíamos acceder a ese postre a través de las carretillas ambulantes de los heladeros. El tiramisú servido en copa es de una pedantería que conmueve hasta las lágrimas. La tarta de queso (olvidemos el término cheesecake, cuya idiosincrasia anglosajona nos aburre con sus quesos insípidos) se luce con una buena muestra de ricotta. Algo que sinceramente me sedujo fue la torta de chocolate acompañada por una jalea de naranja agria. Inmejorable.
Lamentablemente -porque nada en la vida es perfecto- tuve que pagar la cuenta. Las bebidas están un poco elevadas del suelo raso de la realidad, pero tanto el pisco sour como el espresso valieron la pena (ad litteram). El servicio de sus meseros es gentil, educado y acogedor.
Buen provecho.


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